ESG que genera resultados: la descarbonización necesita salir del PowerPoint y entrar en el balance

La sostenibilidad gana fuerza estratégica cuando las metas ambientales se conectan con eficiencia, riesgo, productividad, resiliencia y resultado económico medible.

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La sostenibilidad pasó a ocupar un espacio permanente en la agenda de las empresas.

Las metas climáticas, la reducción de emisiones, la eficiencia, las fuentes renovables, los compromisos ambientales y los indicadores ESG aparecen cada vez más en planificaciones estratégicas, informes corporativos y decisiones de inversión.

Este movimiento es importante.

Pero existe una diferencia relevante entre asumir un compromiso de descarbonización y transformar ese compromiso en resultado empresarial.

Una empresa puede reducir emisiones.

Puede reducir costos.

Puede aumentar su eficiencia.

Puede disminuir riesgos operativos.

Puede ganar previsibilidad.

Puede mejorar la utilización de sus activos.

Y, en determinados casos, puede hacer varias de estas cosas simultáneamente.

“Es en este punto donde la sostenibilidad deja de ser solo una agenda ambiental y pasa a formar parte de la estrategia del negocio.”

El problema comienza cuando sostenibilidad y operación caminan por separado

Una meta corporativa puede indicar cuánto pretende reducir una empresa sus emisiones en los próximos años.

Pero son las decisiones tomadas diariamente dentro de la operación las que determinarán si esa reducción realmente ocurrirá.

¿Cómo se consume la energía?

¿Cuánto se desperdicia?

¿Qué procesos dependen de combustibles?

¿Dónde existen ineficiencias?

¿Qué activos consumen más de lo que deberían?

¿Cuánto cuesta una interrupción?

¿Existe generación renovable disponible?

¿Existen posibilidades de electrificación?

¿Existen equipos operando fuera de su condición ideal?

¿La empresa cuenta con información suficiente para responder a estas preguntas?

Sin conocer la realidad operativa, una estrategia de descarbonización corre el riesgo de comenzar por la tecnología antes de comprender el problema.

“primero se identifica dónde están el consumo, las emisiones, los riesgos y las oportunidades. Después se eligen las soluciones.”

Las emisiones son consecuencia de decisiones operativas

Gran parte de las emisiones asociadas a las actividades empresariales no surge de manera abstracta.

Está relacionada con procesos concretos.

Energía eléctrica.

Combustibles.

Calor.

Transporte.

Equipos.

Producción.

Logística.

Materias primas.

Operación de los activos.

Esto significa que reducir emisiones puede estar directamente relacionado con mejorar la forma en que estos recursos son utilizados.

Una máquina más eficiente no solo reduce el consumo. Puede reducir el costo.

Un proceso electrificado no solo altera la matriz energética. Puede disminuir la exposición a determinados combustibles y aumentar la previsibilidad operativa.

Una generación renovable no solo produce energía de menor intensidad de carbono. Puede modificar la estructura de costos de una instalación.

Un sistema de monitoreo no solo genera indicadores. Puede revelar pérdidas que antes permanecían invisibles.

Por eso, quizás exista una pregunta anterior a cualquier meta de carbono:

“¿dónde está perdiendo la operación energía, eficiencia y valor?”

Muchas oportunidades de descarbonización comienzan exactamente en la respuesta.

El impacto de no medir es tomar decisiones sin conocer el resultado

Existe una máxima simple en la gestión empresarial: lo que no se mide difícilmente puede gestionarse de forma consistente.

Con la energía y las emisiones sucede lo mismo.

No basta con saber que una empresa cuenta con generación renovable. Es necesario saber cuánto produce, cuánto de esa energía se utiliza efectivamente y qué resultado económico se está obteniendo.

No basta con sustituir un equipo. Es necesario evaluar el consumo antes y después del cambio.

No basta con establecer una meta de reducción de emisiones. Es necesario acompañar su evolución.

Y no basta con poseer activos energéticos. Es necesario saber si están entregando el desempeño previsto.

Esta disciplina transforma la sostenibilidad en gestión.

“Los indicadores ambientales muestran lo que sucedió. Los indicadores operativos ayudan a entender por qué sucedió. Los indicadores financieros muestran cuánto valió eso.”

Cuando los tres empiezan a dialogar, surgen mejores decisiones.

El mejor proyecto sostenible también puede ser el mejor proyecto económico

Durante algún tiempo, la sostenibilidad se asoció frecuentemente con la idea de que una empresa tendría que elegir entre resultado económico y beneficio ambiental.

Esa separación ha venido perdiendo sentido en diversas aplicaciones.

  • La eficiencia energética puede reducir el consumo y las emisiones.
  • La electrificación puede mejorar la eficiencia y reducir la dependencia de combustibles.
  • La generación renovable puede disminuir la exposición a determinados costos energéticos.
  • El almacenamiento puede aumentar el aprovechamiento de recursos renovables y aportar flexibilidad.
  • La gestión energética puede identificar desperdicios.
  • La automatización puede mejorar el desempeño.
  • La modernización de activos puede reducir pérdidas y aumentar la disponibilidad.

En todos estos casos existe un elemento común:

“la misma decisión puede producir beneficio ambiental y beneficio empresarial.”

El punto central no es implementar cualquier solución asociada a la sostenibilidad. Es identificar aquellas capaces de resolver problemas reales de la operación.

La descarbonización también es gestión de riesgo

El valor de una estrategia energética no está solo en el ahorro observado de inmediato.

Las empresas también necesitan administrar riesgos.

Variaciones de costos.

Dependencia energética.

Interrupciones.

Cambios tecnológicos.

Exigencias de clientes y cadenas productivas.

Necesidad de modernización de los activos.

Nuevas exigencias de medición y divulgación.

Y una exposición creciente a los efectos físicos y económicos relacionados con el clima.

Por eso, la energía y la descarbonización pasan progresivamente a dialogar con áreas que antes parecían distantes de la ingeniería.

Finanzas.

Estrategia.

Gobernanza.

Inversiones.

Gestión de riesgos.

Competitividad.

Este acercamiento no ocurre por casualidad.

“Cuando una cuestión ambiental tiene potencial para afectar el flujo de caja, el acceso a capital, los costos, la producción o la continuidad operativa, se convierte en una cuestión empresarial.”

El ESG necesita llegar al activo

Existen compromisos que comienzan en el consejo de administración.

Pero los resultados ocurren en la operación.

En la bomba que consume energía.

En el motor.

En el compresor.

En la línea de producción.

En el sistema de refrigeración.

En la irrigación.

En la generación de energía.

En el almacenamiento.

En la flota.

En la forma en que cada activo es operado y monitoreado.

Es en este punto donde las metas corporativas se encuentran con la ingeniería.

Y quizás sea justamente esa conexión la que permite transformar compromisos amplios en resultados verificables.

Una estrategia consistente de descarbonización necesita poder recorrer el camino completo:

  • de la meta al proyecto;
  • del proyecto al activo;
  • del activo al indicador;
  • y del indicador al resultado.

Cuando este ciclo funciona, la sostenibilidad deja de ser intención. Pasa a ser gestión.

La oportunidad está en buscar valor antes de buscar tecnología

No existe una única ruta de descarbonización aplicable a todas las empresas.

Una industria posee determinado perfil. Una operación agrícola posee otro. Un centro comercial, otro. Una empresa logística, otro.

Incluso dos instalaciones pertenecientes al mismo segmento pueden presentar oportunidades completamente diferentes.

Por eso, el primer paso no debería ser preguntar: “¿Qué tecnología sostenible debe implementarse?”

Una pregunta más útil sería:

“¿Dónde están hoy las mayores oportunidades para reducir costo, emisiones y riesgo simultáneamente?”

La respuesta puede estar en la eficiencia, en la forma de contratar o utilizar energía, en la generación, en el almacenamiento, en la electrificación, en la automatización, en la sustitución de combustibles, en la gestión de los activos o en una combinación de diferentes acciones.

La tecnología viene después.

El resultado viene primero.

Descarbonizar no es simplemente emitir menos. Es operar mejor.

El concepto de sostenibilidad empresarial está madurando.

Inversionistas, instituciones financieras, clientes y gestores quieren comprender cada vez más no solo qué compromisos asumió una empresa, sino cómo esos compromisos se relacionan con su estrategia, sus riesgos y su desempeño.

Esto crea una oportunidad interesante.

En lugar de tratar la descarbonización solo como una obligación o comunicación institucional, las empresas pueden utilizarla como un lente para encontrar ineficiencias, modernizar operaciones y repensar la forma en que utilizan la energía.

Cuando esto sucede, el beneficio ambiental deja de caminar por separado del beneficio económico.

Reducir emisiones puede significar consumir mejor.

Consumir mejor puede significar producir mejor.

Producir mejor puede significar reducir costos, riesgos y desperdicios.

Y estos resultados logran llegar a un lugar que cualquier organización comprende muy bien: el balance.

Al final, quizás esa sea la verdadera prueba de una estrategia ESG.

No solo cuántos compromisos fueron anunciados.

Sino cuánto valor fue creado mientras la operación se volvió más eficiente, más resiliente y menos intensiva en carbono.